LA PUBLICIDAD DEL «SNIF, SNIF»

Si quieres llegar al corazón de alguien, hazle llorar. Parece un consejo cruel. Puede que lo sea. También podrías hacer que alguien se enamorara de ti, pero eso lleva mucho más tiempo. Hacer llorar es más rápido y más barato. El llanto es el resultado de la ruptura de nuestro cristal blindado, la demolición de nuestra pose de tipos duros, la pérdida del papel de burbuja con el que nos envolvemos.

Cuando consigues que alguien llore, le desnudas. Logras que una parte de esa persona se rinda y se entregue por completo a sus emociones. Nunca somos tan vulnerables como cuando lloramos. En ese momento asumimos que hemos llegado a un punto de no retorno y durante un tiempo —que puede durar segundos o minutos— entramos en un trance de tal intensidad que funciona como un horno de inducción: cualquier mensaje bien engrasado sube como un bizcocho.

¿Cómo se aplica esto en publicidad? Con un esquema que no falla: contando una historia que haga llorar y finalizándola con el logo de la empresa. Un anuncio de lagrimilla fácil, vamos. Susurrando las palabras mágicas justo cuando el nudo en la garganta está en pleno apogeo. Manipulación absoluta, ¿pero qué si no es la publicidad?

Los expertos en esto sin duda son los tailandeses, muy dados a contar historias dramáticas que como te pillen con las defensas bajas pasas de bizcocho a magdalena en lo que se tarda en abrir un paquete de Klínex.

Aquí van tres historias firmadas por agencias de publicidad tailandesas que son un perfecto ejemplo de esta filosofía del llanto. Pasteladas o no aparte, el objetivo de la publicidad de una firma de gran consumo es que su marca llegue a la gente. Estas piezas han sido vistas por millones de personas en todo el mundo y están subtituladas en varios idiomas.

Guste o no, objetivo cumplido.

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